jueves, 27 de agosto de 2015

Construir y defender la paz con un bolígrafo, nunca con un fusil


En contextos de guerra, como en Sudán del Sur, la educación representa la esperanza de un futuro próspero



Una clase en el campo de refugiados de Gendrassa. / ANDREW ASH (SERVICIO JESUITA A LOS REFUGIADOS)

“Las personas refugiadas que han salido de Sudán desde finales de 2011 huyen de los bombardeos, que hoy continúan, del gobierno de Jartum. A 25 kilómetros de aquí, en Khor Tombak, hace unas semanas escuchamos cómo las bombas caían sobre la población civil, sobre sus cultivos, sus pueblos, sus escuelas, sus centros de salud. Es por eso por lo que todavía hoy tenemos 130.000 refugiados sudaneses aquí en Maban”. Pau Vidal SJ, director del proyecto de educación en emergencias del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) y Entreculturasen Maban, Sudán del Sur.

Leila es una de esas personas que tuvo que huir, con 23 años, tres hijos y dos meses de embarazo. “Cuando llegué a Maban la vida era muy difícil, dependíamos de lo poco que habíamos podido traer de nuestras casas. Muchas veces estábamos obligados a vender nuestras pocas pertenencias a cambio de tener algo para comer”.
¿Por qué huyó Leila de su país? ¿Cuál es el motivo de esos bombardeos? Desde la independencia de Sudán en 1956, la desproporción entre el nivel de desarrollo del norte musulmán y del sur cristiano junto con la lucha por el control de los recursos naturales de petróleo, oro, níquel y uranio, ha hecho que el país haya vivido casi permanentemente en una situación de guerra civil. Los recursos naturales se concentran en los territorios del sur, mientras que los oleoductos, las redes de transporte y las actividades comerciales están en el norte. Estas tensiones internas se agravan cuando Sudán del Sur se independiza en 2011. Las regiones fronterizas del sur de Sudán, South Kordofan y Blue Nile ricas en recursos naturales, no aceptaron quedarse unidas a Sudán sin la celebración de una consulta democrática.
Todos estos factores han alimentado un conflicto armado muy violento que ha producido y produce situaciones como las que abrían este artículo; bombardeos sobre la población civil, sobre sus cultivos, sus pueblos, sus escuelas o sus centros de salud y que obligan a personas como Leila a desplazarse forzosamente de sus hogares en búsqueda de protección.
Ya son más de 3,2 millones de personas desplazadas internamente en Sudán. La mayoría se encuentra en Darfur. Además, cerca de 304.000 personas han buscado refugio en países como Chad, República Centroafricana, Sur Sudán o Etiopía. El conflicto armado sigue impulsando este desplazamiento, aumentando a su vez la inseguridad alimentaria. Se calcula que 6,6 millones de personas están en necesidad de ayuda humanitaria; alimentos, nutrición, salud, agua y saneamiento. Esto afecta principalmente y, como ocurre en todas las situaciones de emergencia, a la población más vulnerable como mujeres y menores. Cerca de 1,2 millones de niños y niñas menores de cinco años sufre malnutrición aguda.

Atrapados entre dos guerras

Leila cruzó la frontera de Sudán huyendo de este contexto en búsqueda de paz y de oportunidades de futuro para ella y su familia. Sin embargo, la realidad con la que se encontró en el país vecino, Sudán del Sur, se reveló muy distinta de lo esperado y de repente, se vio atrapada entre dos guerras.
La ilusión generada entre la población sur sudanesa con el proceso de paz después de décadas de guerra para separarse del vecino Sudán se desvaneció poco después de la declaración de Independencia. A finales de 2013, año y medio después de la entrada formal de Sudán del Sur en la comunidad internacional, el resurgimiento de conflictos internos y disputas políticas entre sus líderes desembocaron en una guerra civil que continúa hasta nuestros días.
En pocos meses este conflicto y la inseguridad alimentaria han provocado el desplazamiento forzoso de más de 2,2 millones de personas en Sudán del Sur y se estima que unos 6,4 millones de personas están en necesidad de ayuda humanitaria. Cerca de 730.000 personas han buscado refugio en países vecinos como Kenia, Etiopía, Uganda o Sudán y más de 1.500.000 personas se han desplazado dentro del país. Sudán acoge a 200.000 personas refugiadas sur sudanesas. Nos imaginamos pues, esa frontera de doble salida, entrada y retorno de sudaneses hacia Sur Sudán y viceversa.
Esta situación no parece detenerse. Según estimaciones del Programa Mundial de Alimentos, unas 300.000 personas sur sudanesas habrán huido a Etiopía, Kenia, Sudán y Uganda a finales de 2015.

Una cuestión de responsabilidad colectiva

En estas situaciones de crisis prolongada, para garantizar la supervivencia de la población civil resulta imprescindible asegurar el acceso a agua, comida, medicamentos, abrigo y ofrecer oportunidades de educación, así como servicios de apoyo y rehabilitación psicosocial o programas de reintegración de las personas retornadas. La ayuda humanitaria y los programas de cooperación al desarrollo son esenciales para la protección de la vida hoy y, para la construcción de un mundo más justo mañana.
La familia de Leila en el campo de refugiados de Gendrassa, Sudán del Sur. / ANDREW ASH (SERVICIO JESUITA AL REFUGIADO)
Ahora que la comunidad internacional está definiendo la hoja de ruta de las políticas globales de desarrollo para los próximos 15 años, ahora que Europa debate sobre sus políticas migratorias, hay una enorme responsabilidad colectiva en la resolución del conflicto y se deberían tomar medidas proactivas para detener esta situación. Esperar que esto venga de los propios países es casi impensable. Es necesario una ciudadanía crítica y solidaria que apele a sus representantes políticos a no olvidarse de estas situaciones.

Educar en medio del conflicto

Debido a la guerra y al desplazamiento, la mayoría de los sudaneses y sur sudaneses no han tenido acceso a la educación, no han podido entender las razones del conflicto, no han podido conformar un pensamiento crítico. Solo el 2% de los niños y niñas que deberían estar cursando educación secundaria tienen acceso a la escuela. Sudán del Sur es el país con el mayor porcentaje de analfabetismo del mundo. Por este motivo, ha sido muy fácil para las élites, tanto del norte como del sur, utilizar a la población civil, enviarla a los campos de batalla a sacrificase para defender sus intereses particulares y sus privilegios, aprovechándose de esa ignorancia.
Un país sin educación, es como una casa sin cimientos. Es urgente que la educación sea considerada un pilar clave de la acción humanitaria y que se destine la financiación adecuada para ello. La educación es una prioridad, una emergencia, algo que no debe ser ni suspendido ni aplazado. Las guerras no se desvanecen de la noche a la mañana; afectan a la gente durante años y generaciones enteras. Por eso además, la ayuda a educación debe ser a largo plazo para construir sistemas de educación de calidad.
La ignorancia alimenta la violencia. La educación no solo garantiza a estas nuevas generaciones adquirir los conocimientos que necesitan para desarrollarse como personas, sino que les permite también desarrollarse como comunidades y como países. La educación devuelve un sentido de normalidad e infunde un atisbo de esperanza.
La cooperación española debe aumentar su presupuesto de ayuda humanitaria y asignar recursos concretos para la educación en contextos de emergencia. Debe también aumentar su presupuesto en Ayuda Oficial al Desarrollo y seguir la recomendación de destinar el 8% a programas de desarrollo de educación básica (actualmente se destina en torno al 1%).
Leila tiene ahora tiene 27 años y es profesora en el campo de refugiados de Gendrassa. Está muy orgullosa de su papel con los niños y las niñas que allí viven. Quiere que ellos crezcan sabiendo cuáles son sus derechos, sabiendo lo que está bien y lo que está mal. Sueña con que un día puedan ir a la universidad, puedan ser médicos, profesores o políticos que ayuden a su país a vivir en paz.
En estos contextos de guerra, la educación representa la esperanza; la esperanza de un futuro próspero, la esperanza de un futuro donde, como sueña Leila, “la gente sea capaz de construir y defender la paz con el bolígrafo, nunca jamás con él fusil”.
Luca Fabris Departamento África de Entreculturas y Vega Castrillo Departamento Comunicación Entreculturas


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