lunes, 29 de julio de 2013

Juan y el sol

Autor: Mempo Giardinelli



Llovía tanto que parecía que el mundo entero se estaba licuando. Hacía un mes que no paraba. Y cuando paraba era por un ratito, algunas horas, a lo mucho amainaba medio día o toda una tarde, pero enseguida se largaba otra vez. Un mes así. Un mes y pico.
  –Tendríamos que ir a verlo– dijo Mingo, con la vista clavada en la laguna en que se había convertido la calle, por la que cada tanto pasaba un coche haciendo oleaje.
  Venancio, con el codo izquierdo sobre la mesa y el mentón apoyado sobre la palma de su mano, asintió rítmicamente, despacito, como preguntándose que sentía. Hasta que se dio cuenta de lo que sentía, y se le humedecieron los ojos.
  –Pobre Juan– dijo, en voz baja–. Tendríamos que ir a verlo, sí. Hacía cinco meses que el amigo Juan Saravia estaba enfermo y eso los tenía muy preocupados.
  Juan Saravia era un salteño avecindado en la zona de Puerto Bermejo, a unos cien kilómetros de Resistencia, sobre el río, y vivía en una casa que había construido con sus propias manos, años atrás, cuando se vino de Salta con un empleo de viajante para la Anderson Clayton. Se habían hecho amigos en un hotelito de Samuhu, una noche en que los tres coincidieron por culpa de otras lluvias que anegaban los caminos, en los tiempos en que Mingo era viajante de Nestlé y Venancio de Terrabusi. Ahora, la tuberculosis lo estaba matando.
  Cuando Mingo dijo lo que dijo, Venancio encendió otro Arizona y se refregó los ojos con los nudillos de las manos, como echándole la culpa de las lágrimas al humo del tabaco.
  Mingo se dio cuenta, pero se hizo el distraído, porque justo en ese momento el Ingeniero Urruti explicaba que el factor de triunfo de los aliados en la guerra habían sido los aviones a chorro, los Gloster Meteor británicos capaces de desarrollar una velocidad de ochocientos kilómetros por hora, algo increíble, viejo, están cerca de la velocidad del sonido. El Ingeniero Urruti siempre sabía de todo sobre cualquier cosa y su autoridad era reconocida por unanimidad. Era uno de los tipos que mas sabía en toda "La Estrella", en toda la ciudad y, si lo apuraban, en toda esa parte del mundo.
Bastaba que Urruti diera alguna información para que Mingo empezara a imaginar negocios, por ejemplo –dijo– si no sería bueno escribir a Inglaterra para ofrecer una venta de algodón para el relleno de los asientos de los aviones a chorro porque a esa velocidad los pilotos han de tener mucho frío y se aplastarán contra los asientos de modo que deben necesitarlos bien mullidos y entonces como acá tenemos algodón de sobra podríamos.
  –Pará, Mingo– le dijo Venancio, como siempre, y como siempre Mingo paró y se hizo un silencio pegajoso y largo, igual que el de las siestas de enero cuando se prepara una tormenta. Después Venancio siguió: –Primero tendríamos que ir a verlo al Juan. Hace mucho que no vamos.   –Cierto, amigos son primero– dijo Urruti
  –Que gran verdá– aceptá Mingo, culposo.
  –Vos dijiste que hay que ir. Entonces hay que ir– dijo Venancio, que era de esa clase de tipo que siempre esta pendiente de lo que dicen o hacen sus amigos del alma. Y como los niños, jamás admite el incumplimiento de una promesa. Un sentimental incorregible, de esos que carecen de brillo propio, siempre dependen de los demás y no pueden tener mas de una preocupación por vez, y de lo mas intensa.
  –No, yo decía– musito Mingo después de unos segundos, deprimido, como para cambiarle de tema a sus propios pensamientos–. Habría que hacer algo.
  –Ir. Tenemos que ir.
  –Si, ¿no? Ahora mismo.
  –Y claro– afirmó Venancio, y se puso de pie lentamente, como lo hacen los gordos.
  Mingo recogió de la mesa un ejemplar de "El Gráfico" con la tapa del insider de Vélez, Alfredo Bermúdez, y llamó al japonés para pagarle mientras Urruti comentaba algo del Peronismo, y citando a Platón decía que las repúblicas no serán felices hasta que los gobernantes filosofen y los filósofos gobiernen. Después cruzaron la calle y subieron al Ford, que a pesar de la humedad arrancó enseguida, y enfilaron para el norte, por el camino a Formosa.
El amigo Juan Saravia sólo tenía cuarenta y dos años pero la última vez que lo habían visto parecía de setenta. Flaco y consumido, escupía unos gargajos como cucarachas y no quería salir de Puerto Bermejo porque ahí un almacén era atendido por un hermano suyo, también salteño, que era toda la familia que tenía. Venancio y Mingo eran los únicos amigos que le quedaban y cada tanto, algún sábado, iban a visitarlo en el viejo Ford del segundo, y lo ponían a tomar sol y le contaban cosas de la ciudad.
  Pero aquella temporada el sol escaseaba. Campos y caminos, para colmo, estaban todos inundados. El Bermejo traía agua tormentosa y como llovía desde hacía cuatro semanas sin parar, el pueblo parecía hundirse un poco mas cada mañana. El Paraguay y el Paraná también estaban sobrecargados, y era como si dos países se derramaran sobre un tercero para aplastarlo. El Bermejo no tenía donde descargar sus aluviones, que se esparcían por una gigantesca comarca achaparrada, inabarcable, pues la falta de una sola serranía, de una miserable colina, hacían que todo el Chaco pareciera un inmensurable mar. Como siempre en tiempos de inundaciones, Urruti solía decir que el problema no era que los ríos crecieran, sino que el país se hundía, pero, como fuere, la mancha de agua se propagaba día a día, y hora a hora, y los pocos caminos terraplenados y las vías del ferrocarril semejaban cicatrices en el agua. El sol, que era tan necesario para los campos como para el amigo tuberculoso que se moría inapelablemente, parecía un recuerdo. Apenas asomaba, mezquino, de tanto en tanto, para espantarse enseguida ante esos nubarrones negros y gordos que nunca terminaban de irse. La noche anterior Mingo había conseguido una comunicación telefónica con Puerto Bermejo, y el otro Saravia le había dicho que Juan estaba muy mal, grave, tosiendo como un motor y sumido en un delirio constante. La quinina que le suministraba ya no le hacía efecto. El médico del pueblo, el viejo Zenón Barrios, lo había desahuciado.
  Así que partieron pasado el mediodía, bajo un cielo encapotado como el las películas de terror, y cuando llegaron Juan Saravia dormía de pura debilidad. Los dos amigos y el otro Saravia se miraron, impotentes, y mientras Venancio preparaba unos mates Juan abrió los ojos y los reconoció con un débil parpadeo luego del cual volvió a sumergirse en su fiebre. Cada tanto esputaba gargajos gruesos, pesados y fieros como arañas pollito.
Venancio y Mingo se sentaron a su lado a tomar mates, ineficaces pero fieles. Cada tanto Venancio se levantaba e iba a mirar afuera. Calculaba las nubes, como so las sopesara, y siempre volvía con un gesto de contradicción en la cara, reconociendo la imposibilidad de que reapareciera el sol.
  –Si saliera aunque sea un ratito– decía.
  –Carajo, lo bien que le vendría– completaba Mingo.
  Y el mate cambiaba de manos.
  Y Juan tosía. Y los tres, junto a la cama, se miraban alzando las cejas como diciéndose no hay nada que podemos hacer.
  Toda esa tarde y esa noche se quedaron junto al amigo, turnándose para secarle la frente, darle la quinina, hacerlo beber de un vaso de agua, calmarlo cuando brincaba de dolor durante los accesos de tos, y sostenerle la cabeza cuando se ahogaba por la sangre que se le acumulaba en la boca y que ellos se encargaban de vaciar, inclinándole la boca hacia la asquerosa y oxidada lata de dulce de batata que hacía de escupidera.
  Llovió toda la noche, sin parar, y al amanecer del domingo empezó a soplar un viento del sudeste que los hizo pensar que finalmente iba a salir el sol. Pero a media mañana el cielo volvió a encapotarse y al mediodía ya caía la misma llovizna terca, estúpida, que no paraba desde hacía tres semanas.
  Fue entonces cuando Mingo se golpeó la cabeza, de súbito, y dijo:
  –Venancio: este necesita sol y va a tener sol. Vení, acompañáme.
  Y ambos salieron de la casita y se dirigieron al único, viejo almacén de ramos generales del pueblo. Aunque era domingo, consiguieron que Don Brauerei les vendiera dos brochas y tres tarros de pintura: amarilla, blanca y azul.
  Si el puto sol no sale, se lo pintamos nosotros– argumentaron ante el otro Saravia.
  Y en el techo de la habitación donde agonizaba el enfermo, empezaron a pintar un cielo azul con nubecitas blancas, lejanas, y en el centro un sol furiosamente amarillo.
  A eso de las cuatro de la tarde, Mingo abrió las ventanas de la habitación para que entrara mejor la grisácea claridad del exterior, y Venancio encendió todas las luces y hasta enfocó el buscahuellas del Ford hacia la ventana, para que toda la luz posible se reflejara en el sol del techo. Y uno a cada lado de la cama donde moría Juan Saravia, le dijeron a dúo:
  –Mirá el sol, chamigo, mirá que te va a hacer bien.
  Como en una imposible Piedad, Mingo le sostenía un brazo al moribundo y Venancio le acariciaba la cabeza, apoyada contra su propio pecho, acunándolo como si fuera un hijo, mientras el otro Saravia cebaba mates y miraba la escena como miran los viejos los dibujos animados.
  –Mirá el sol, Juan, mirá que te hace bien– y cada tanto, en su agonía, Juan Saravia abría los ojos y miraba ese cielo absurdo. Así estuvieron un par de horas, mientras la llovizna caía y caía como si nunca jamás fuera a dejar de caer. A las cinco y media de la tarde Juan Saravia pestañeo un par de veces y luego mantuvo la vista clavada en el techo, se diría que piadoso él, como para darle el gusto a sus amigos. Se quedó mirando, durante unos minutos y con una expresión entre asombrada y triste, melancólica, el enorme sol amarillo del techo.
  –Mira, ché, parece que sonríe– dijo Venancio.
  –Dale, Juan, seguí mirando que te va a hacer bien– dijo Mingo.
  Pero el enfermo cerró los ojos vencido por el agotamiento.
  Como a las seis, la luz del domingo empezó a adelgazarse, a hacerse magra, y con el caer de la noche al hombre le aumentó la fiebre, la tos recrudeció brutalmente y la sangre pulmonar se tornó imparable.
  Juan Saravia se agarró con una mano de una mano de Venancio y con la otra de la izquierda de Mingo, y empezó a irse de este mundo lentamente. Pero antes abrió los ojos para ver por última vez ese sol imposible. Contempló durante unos segundos la redonda bola amarilla pincelada en el techo, y en la boca se le dibujó una sonrisa tenue, casi ilusoria, como la que le aplican a Jesucristo en algunas estampas religiosas. Después la abrió todo lo grande que pudo para aspirar una inútil, final bocanada de aire, antes que la ultima tos le ablandara el cuerpo, que se aflojó como un copo depestañeo algodón que se desprende del capullo para que el viento se lo lleve.
  El otro Saravia y Venancio se abrazaron para llorar, y Mingo, mas entero, fue a buscar al juez de paz para que labrara el acta.
  Cuando volvió, Venancio ya había organizado el velorio, para el cual cortó unos malvones del patio y encendió seis velas que encontró en la cocina.
  Lo velaron durante la noche, y todo el pueblo se hizo tiempo para despedir a Juan Saravia, con esa respetuosa y tozuda ceremoniosidad de la gente de frontera. Al amanecer ya no llovía y el viento sur empujaba las nubes como si fueran ganado.
  A las nueve de la mañana, después de un cortejo flaco que parecía desgastarse a cada cuadra acompaño el cuerpo de Juan Saravia hasta el cementerio, y mientras el cura rezaba el Agnus Dei, el cielo se abrió del todo, como hembra decidida.
  Y finalmente el sol, enorme y caliente y magnífico, irrumpió enfurecido en la mañana bermejeña.
  Entonces, mirando hacia lo alto y todo lo fijo que es posible mirar al sol, Venancio codeó a Mingo:
  –¿Le viste la sonrisa anoche? Ni que se hubiera muerto soñándolo.
  –Carajo con el sol– dijo Mingo.


    
de "El castigo de Dios". © 1993

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