Por : José Julio Perlado.
El suicidio de un joven con quien compartió un breve idilio, el suicidio también, en 1942, de Stefan Zweig – con quien mantenía una profunda amistad – y asimismo el suicidio en 1943 de un sobrino de la poetisa parece que quisieran rondar de alguna forma los versos de este poema, “Interrogaciones”, obra de la gran escritora chilena Gabriela Mistral:
El suicidio de un joven con quien compartió un breve idilio, el suicidio también, en 1942, de Stefan Zweig – con quien mantenía una profunda amistad – y asimismo el suicidio en 1943 de un sobrino de la poetisa parece que quisieran rondar de alguna forma los versos de este poema, “Interrogaciones”, obra de la gran escritora chilena Gabriela Mistral:
¿Cómo quedan, Señor, durmiendo los suicidas?
¿Un cuajo entre la boca, las dos sienes vaciadas,
las lunas de los ojos albas y engrandecidas,
hacia un ancla invisible las manos orientadas?
¿O Tú llegas, después que los hombres se han ido
y les bajas el párpado sobre el ojo cegado
acomodas las vísceras sin dolor y sin ruido
y entrecruzas las manos sobre el pecho callado?”
El poema sigue. La fuerza de la poesía y de la vida continúan y esos versos y otros muchos de Lucía Godoy Alcayaga, nacida en Vicuña, provincia de Coquimbo, en 1889 y fallecida en Nueva York en 1957 – conocida mundialmente como Gabriela Mistral -, maestra en las escuelas rurales de su país, madre vocacional sin hijos, convocada por el ministro José Vasconcelos en 1922 en México para colaborar en la reforma de la enseñanza y galardonada con el Premio Nobel en 1945, dejan las interrogaciones abiertas y las preguntas asomadas a cuestiones vitales, hondas cuestiones del vivir:
“Padre Nuestro que estás en los cielos,
¿por qué te has olvidado de mí?”
Te acordaste del fruto en Febrero,
al llagarse su pulpa rubí.
¡Llevo abierto también mi costado,
y no quieres mirar hacia mí!
(…)
Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas pidiendo dormir.
Y, perdida en la noche, levanto
el clamor aprendido de Ti:
“Padre Nuestro que estás en los cielos,
¿por qué te has olvidado de mí?”.
“Desolación” (1922), “Ternura” (1925), “Tala” (1938), “Lagar” (1954) son algunos de sus grandes títulos. Unos preferirán la primera etapa de “Desolación”, otros se inclinarán por las composiciones más abstractas de “Tala”, pero en cualquier caso su poesía será elogiada por Vicente Huidobro, Paul Valéry, Pedro Salinas, Miguel Ángel Asturias y Pablo Neruda. A lo largo de sus incontables viajes como diplomática y conferenciante conocerá a Romain Rolland, Giovanni Papini, Henri Bergson, Unamuno o Madame Curie. Pero sobre todo se acercará a los niños, a las arenas, a las aguas, a la gruta y al árbol, a la menuda materia que le rodea en la vida y a la sombra de tantas criaturas que encuentra a su paso para elevarlas luego al paso del Creador.
Su ansia de maternidad le empujará a exclamar:
“¡Un hijo, un hijo, un hijo! Yo quise un hijo tuyo
y mío, allá en los días del éxtasis ardiente,
en los que que hasta mis huesos temblaron de tu arrullo
y un ancho resplandor creció sobre mi frente.
Decía: ¡Un hijo!, como el árbol conmovido
de primavera alarga sus yemas hacia el cielo…”
Se acercará también hasta el crepúsculo y sobre él, y mirándolo fijamente, lanzará una visión audaz:
“Yo no le amo. Yo le odio su traición de pulpo blando que babea el noble poniente y se come la vida. Yo le odio el ojo sesgado de ladrona doméstica, cuando se va con mi día, que me era fiel y quería quedarse en mi cara: la maña callada con que me hace resbalar la luz que estaba tendida de mi rodilla a mi rodilla, como una gran mazorca luminosa”.
Es la potencia, la audacia, la ternura de una composición poética original, voz a la orilla de la maternidad, voz en el quicio de la Naturaleza, voz contemplando cuanto admira e interrogando a la vez a toda extrañeza.
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