martes, 29 de abril de 2014

México: el pueblo del desierto de Sonora que vive de los migrantes

Will Grant
Enviado de la BBC a Altar, México




Las tiendas de los pueblos de la frontera mexicana están repletas de una cosa: el equipo que necesitan los migrantes para el último tramo de un largo -y a veces fatal- viaje.
Desde muy temprano en la mañana la gente se comienza a congregar en la plaza principal de Altar.
Grupos de hombres y mujeres se reúnen bajo el cielo gris para compartir un café, una quesadilla o un cigarrillo. Lo hacen así porque el sol aún no es suficiente para calentar sus espaldas.
A primera vista lucen como cualquier trabajador del campo en el norte de México.
Los hombres usan gorras y vaqueros, zapatillas desgastadas o botas. Las mujeres van vestidas igual que los hombres.
Pero Altar es distinto a cualquier otro lugar de México.
En medio de miradas furtivas y conversaciones conspiratorias, estas personas trazan su ruta hacia el norte.
Provienen de todo el país y también de Centroamérica. A menudo deben soportar enormes dificultades para llegar hasta allí.
Ahora esperan, apiñados en grupos pequeños, a apenas 100 kilómetros de su destino final: la frontera con Estados Unidos.

"Oración a los hermanos migrantes"

Algunos buscan un coyote que los guíe por el tramo más peligroso del desierto.
El primer hombre con el que hablo luce desconcertado: días antes fue deportado desde Estados Unidos, donde vivió durante 20 años, por conducir sin licencia.
Dentro de la iglesia ubicada en el centro de la plaza, hay una "Oración a los hermanos migrantes" que cuelga de la pared.
"Jesús, ten piedad de ellos y protégelos, mientras son maltratados y humillados en su camino", se lee.
Debajo de esas palabras, un joven y su hermana ofrecen sus oraciones a la Virgen de Guadalupe, patrona de México.
Altar se ha convertido en un punto de referencia para los migrantes quieren cruzar la frontera. No podemos mantenernos al margen y quedarnos de brazos cruzados frente a tal sufrimiento", dice el Padre Prisciliano Peraza, el sacerdote de la parroquia local.
Viste un sombrero Stetson y botas de vaquero en lugar del cuello romano, de modo que no luce como un cura promedio.
Defensor de derechos de los migrantes, una vez cruzó él mismo el desierto en solidaridad con su rebaño de indocumentados.
"Debemos estar muy agradecidos por los migrantes, debemos protegerlos", asegura.
"Debemos acogerlos y celebrarlos porque el 90% de nuestra economía depende de lo que nuestros hermanos migrantes gastan aquí", añade.
Un corto paseo por la ciudad es suficiente para entender a qué se refiere.
Padre Prisciliano Peraza
El padre Prisciliano Peraza no luce como el típico sacerdote mexicano.

Camuflaje

Alrededor de la plaza hay tiendas que venden todo lo que alguien podría necesitar para cruzar la frontera.
Camisetas, pantalones y tops de manga larga con capucha, todo camuflado para el desierto con el fin de engañar a las patrullas fronterizas.
Hay mochilas, camufladas también, en las que pueden transportar sus mantas delgadas y sus escasas provisiones de comida enlatada.
Las botellas de agua están pintadas de negro para que no reflejen el sol cuando los guardias fronterizos miren a través de sus binoculares.
Y, por extraño que parezca, hay pantuflas.
El dueño de la tienda, Víctor, explica cómo las pantuflas elásticas se colocan encima del zapato para no dejar huellas en la arena.
No es exactamente el calzado más práctico para un viaje de cinco días por el desierto, pero en este priva la cautela y no la comodidad.
"Las mochilas y las pantuflas son lo que más se vende", confiesa Víctor.
Gorros camuflados
La economía de Altar depende de las compras de los migrantes que van rumbo a EE.UU.

A punto de cruzar

A la mañana siguiente, aún a oscuras, el padre nos lleva a la valla fronteriza.
Es un viaje de tres horas por caminos de tierra a través de un territorio controlado por el Cartel de Sinaloa, según nos lo informa un grafiti pintado en una choza quemada.
"Imagine hacer este viaje en esas camionetas", grita el padre en medio del ruido del vehículo, en referencias a las minivans que vimos en Altar, cuyos asientos han sido arrancados y reemplazados por delgadas bancas de metal, con el fin de que quepan más inmigrantes.
Pasamos por una serie de puntos de control sospechosos.
Son dirigidos por hombres armados: miembros de un cartel, traficantes de personas o algún híbrido de ambos.
Gracias a la fama del padre en esta zona logramos pasar sin que nos hicieran preguntas.
Al llegar a la frontera, subimos una pequeña colina. Allí los migrantes esperaban para cruzar.
Hombre camuflado
Los migrantes improvisan refugios a lo largo del desierto.
Los mismos hombres y mujeres de la plaza en Altar ahora van camuflados de pies a cabeza, mientras descansan en improvisados refugios de láminas de plástico y cactus para protegerse del calor y los fuertes vientos del desierto.
"Se puede ver a Jesucristo caminando entre nosotros", dice el padre antes de citar el versículo 35 de Mateo: "Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber".
Todos tenían una historia similar: la vida era demasiado difícil en Guatemala, Honduras y México. El dinero no alcanzaba a fin de mes o estaban tratando de volver a Estados Unidos con sus familias, tras haber sido deportados.
Una mujer cargaba a su hija de tres años de edad en la cadera. Otra llevaba un bebé.
Nos quedamos mirando hacia EE.UU., la tierra de las oportunidades tentadoramente cerca y a los migrantes ya sedientos, sucios, exhaustos: observando el inhóspito desierto brillante delante de ellos, sabiendo que la parte más difícil de su viaje aún estaba por llegar.

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