viernes, 11 de abril de 2014

Cargando con el peso de la economía informal

Decenas de mujeres cruzan cada día la frontera de Melilla para transportar mercancias hacia Marruecos. Un trajín que beneficia a los comerciantes a costa de la salud y de la seguridad de las porteadoras


Dos mujeres ancianas cargan pesados fardos en la frontera de Melilla. / FERNANDO DEL BERRO
Alrededor de las siete de la mañana la cola ya parece interminable en los angostos tornos azules de la frontera de Melilla con Marruecos. Como cada día a estas horas, decenas de mujeres marroquíes, la mayoría de ellas ancianas, se agolpan para cruzar hacia territorio español en busca de mercancías. Les espera un duro día de trabajo, ataviadas únicamente con su chilaba y con un 'hiyab' (pañuelo islámico) bien ajustado, como única protección contra el afilado frío del amanecer
Pareciera que están entrando en el matadero si no fuera porque, una vez abierta la valla, se produce una estampida hasta los almacenes del polígono melillense. Allí cargarán sobre sus espaldas hasta 80 kg de mercancía. Y rápido de vuelta a la frontera para pasar los bultos a Marruecos. Un ir y venir que repetirán tres veces al día por unos 5 euros por viaje. Cuantos más viajes hagan más dinero podrán ganar. Pero ninguna suele traspasar los tornos más de tres veces.
Las prisas y el caos que se generan en el lado marroquí de la frontera son caldo de cultivo para las avalanchas. En noviembre de 2008 ya murió una porteadora en estos tornos, aplastada por las prisas y empujones de sus compañeras. Safia, de 41 años, era licenciada en literatura árabe por la Universidad de Fez, su ciudad natal, algo inusual entre estas mujeres que se ganan la vida como porteadoras. Como otras licenciadas en paro, había abandonado su ciudad natal en busca de un trabajo. Le habían comentado que en la frontera había una forma de ganar dinero. Así que se empadronó en Nador, la última ciudad marroquí antes de la barrera, pues sólo los residentes en esta ciudad pueden pasar al lado español sin necesidad de pasaporte. Había que hacer un gran esfuerzo físico, pero… se ganaba. Se ganaba para vivir.
Aquella mañana de noviembre un policía del lado español se percató de la avalancha y quiso llegar hasta las víctimas. Cuando llegó encontró bajo un cielo de hierro un revoltijo de mujeres y grandes bultos por el suelo, centrifugados por la fuerza de la multitud. Disparó al aire para abrirse camino. Pero fue en vano. El daño ya estaba hecho. La autopsia del forense lo confirmó: Safia falleció por una "hemorragia pulmonar producida por una violenta compresión del tórax".
Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), dependiente de Naciones Unidas, se calcula que cada día mueren en el mundo 6.400 personas por accidentes de trabajo o como consecuencia de enfermedades laborales. Esto hace un total de 2,34 millones de personas al año. Aunque es posible que las cifras reales sean mayores, debido a que los sistemas de registro son inadecuados en muchos países. Una siniestralidad que se ceba especialmente con los trabajadores de la economía informal –la gran mayoría de la fuerza de trabajo del planeta– ya que, debido a su inestabilidad laboral, acaban aceptando condiciones de trabajo poco seguras.
Los riesgos que corren los hombres son más conocidos debido a que, hasta ahora, los estudios sobre la seguridad y salud en el trabajo se habían focalizado en empleos con predominancia masculina. Sin embargo, hoy en día, las mujeres son más del 40% de la fuerza de trabajo mundial y una gran cantidad de ellas labora en la economía informal, donde les toca hacer frente a trabajos inseguros e insalubres, con ingresos bajos o irregulares, alta inestabilidad laboral y en ocasiones poco acceso a la información.
No era habitual encontrar a una licenciada como Safia. Una excepción entre la mayoría de las porteadoras, que suelen ser analfabetas, muchas divorciadas, otras abandonadas por sus maridos o, lo que es peor en la cultura marroquí, madres solteras. Cobran por transportar la mercancia que luego se queda en manos de los comerciantes marroquíes. Si esos productos entraran por la aduana de manera oficial, en camiones o en contenedores, el comerciante debería pagar aranceles. En cambio, empleando a personas, no tiene que hacerlo, pues es legal pasar mercancías siempre que se lleven encima como equipaje personal. Y son sobre todo las “mujeres mula” las que permiten este comercio exento de control arancelario.
Todavía temprano, cuando el horizonte apenas ha abierto las pestañas, el lado español de la frontera es ya un hervidero de gente. Las nubes corren en bandadas sobre la alambrada. El frío se ciñe aún a los huesos. En la inmensa cola de acceso se encaminan miles de deseos amargos. Un motorista se detiene de pronto y tira los neumáticos que lleva cargados. Muchos se lanzan sobre ellos como si fuera lo último que fueran a hacer en la vida. Unos cuantos camiones blancos llegan a la gran explanada que precede al paso fronterizo. Cuando todavía no se han detenido, numerosos hombres y mujeres se arrojan sobre sus portones traseros, abren las puertas y se dan de codazos, se pisan, luchan entre ellos y se encaraman al vehículo para coger un bulto. Hay más personas que bultos, por lo que más de uno se verá frustrado. Aunque parezca un caos, en realidad, la mayoría de los bultos ya están previamente adjudicados. Se harán cargo los hombres, que son casi los únicos que cargan al pie de la frontera unos bultos que ni siquiera cargarán sobre sus espaldas ya que pueden empujarse y hacerlos rodar. La mayoría de mujeres tendrá que caminar hasta las naves del lejano polígono, cargar sobre sus lumbares y caminar hasta la valla.  
Para ellas el porte sería un camino imposible si no fuera por Antonio, el conductor del autobús municipal, que las deja más cerca del polígono y las trae de vuelta para que el esfuerzo sea menor. Antonio se conoce el nombre de todas ellas y es muy querido. Su labor casi humanitaria llega hasta el punto de ayudarlas a subir al bus esos pesadísimos fardos. “Esto que ves es inhumano, pero así es todos los días. Cada día todas estas mujeres transportan en total 300 toneladas de mercancías sobre sus espaldas”. Por eso sufren a menudo trastornos óseo musculares a causa de la pesada carga, entre otros efectos adversos para su salud. A la vista está que su carga de trabajo es mucho mayor que la de los hombres, ya que estos últimos utilizan medios mecánicos o simplemente se limitan a empujar la carga.
Se las ve a los pies del vehículo cómo cargan sus bultos, cómo los atan a la espalda con telas o simples cuerdas, que a menudo amarran a los hombros y cuellos. Son espectros tambaleantes que van y vienen, con los rostros agrietados, que adosan zapatos, tetrabriks, mantas, patatas fritas, pañales y casi cualquier mercancía a sus cinturas, al pecho, a los muslos. Todo cosido con varias vueltas de cinta de embalar. Así quedan ellas hinchadas, con las chilabas en relieve, caminando como mujeres bomba a punto de estallar.
Por eso muchas se derrumban ya en la cola debido al elevado peso de sus paquetes y al largo tiempo de espera, a lo que se suman los habituales amontonamientos y tensiones generadas por las prisas. Veo en sus ojos cómo la angustia se abre paso entre ellas, cómo remonta por sus venas hasta abrírseles la piel.
“Si no estuviésemos aquí se matarían”, confiesa uno de los guardias civiles españoles que tratan de impedir las aglomeraciones con un poco de orden. Hace meses que no se produce una avalancha. Quizá se deba al “circuito” creado por la Guardia Civil consistente en varios caminos que desembocan en la entrada de la frontera. El porteador elige uno u otro sendero según el tipo de bulto que lleve. “Lo importante es que estén en movimiento, porque cuando están parados, hay peligro de avalanchas”, dice el capitán Rafael Martínez, responsable de la seguridad en la frontera. El capitán ha seleccionado a veinte porteadores hombres, a los que uniforma con una gorra amarilla para que ayuden a los agentes en el mantenimiento del orden y en la traducción de sus compatriotas, a cambio de poder pasar su mercancía sin hacer cola. “Todos van con gorra amarilla y también les hemos puesto un número”, añade el agente. “El primer día les di una gorra amarilla, como forma de diferenciarles del resto. Pero, aquí también hay picaresca. Al día siguiente había 80 gorras amarillas dispuestas a evitar las colas. Fue imposible saber entonces quién era voluntario de verdad. Por eso tuve que ponerles un número”.
Pero por mucho que las fuerzas del orden organicen, la visión cotidiana de las “mujeres mula” dando tumbos, con la espalda en un ángulo de 45 grados, con tierra seca cargada en sus bocas y a punto de derrumbarse por el peso de los bultos, sigue siendo un macabro espectáculo más propio de la Edad Media que de la frontera sur de la Europa del siglo XXI. El paso peatonal fronterizo “no está preparado para el volumen de gente que recibe cada día", afirma José Palazón, de la ONG Prodein. "Falta espacio, personal, puestos, los agentes de policía son insuficientes y por lo tanto muchas veces están estresados. Se hace a los marroquíes pasar por unos tornos pequeños y esperar durante horas. Es una bomba de relojería. La frontera no está pensada para que haya una fluidez de personas”
La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APRODH- A), de España, resalta la importancia de habilitar mecanismos para que el tránsito de mercancías pueda hacerse de forma que no perjudique tan gravemente la salud de estas mujeres. Insisten en que es necesario “modificar la estructura física de las zonas de paso, así como permitir el uso de medios mecánicos manuales para el porte de dichas mercancías”. Así mismo, denuncia que la situación es “indignante, de abusos y explotación contra estas mujeres, que están olvidadas por los responsables políticos de ambos Estados”. Tanto Marruecos como España han firmado el Convenio sobre la inspección del trabajo de 1947, por el cual se comprometen a mejorar la inspección en materia de seguridad y salud en el trabajo. Pero no parece que esto se lleve a cabo en esta frontera, que aquí es tierra de nadie.
Según la OIT, existe una vinculación estrecha entre la violencia en el trabajo y los empleos precarios, el género y ciertos sectores ocupacionales de alto riesgo. Y es que las porteadoras “deben no solo llevar la carga y recibir las directrices de quienes controlan el paso de mercancías”, añaden desde (APRODH-A), “sino que además tienen que sortear la violencia policial, salir ilesas de las avalanchas, aguantar los golpes o el acoso sexual, pagar los sobornos, soportar el frío, la lluvia y el calor extremo, y sobre todo sobrevivir en un lugar donde la mercancía es la dueña del ser humano”.
Es ya mediodía, momento en que la frontera cierra para el trasiego de mercancías. Como pasó ayer, encuentro alguna porteadora a la que no ha dado tiempo a pasar su última carga hacia Marruecos. Se ha quedado atrapada en el lado español. Está apoyada en un quitamiedos, agotada y con el sudor transparentándole el 'hiyab'. Pronto, con la espalda encorvada, camina de nuevo con dificultad hacia los tornos. La jalona una peste a alcantarillas y a rastro de basura, cartones y plásticos dejados en esta jornada. Desde aquí escucho el quejido de su espalda y el crujido de sus dientes mientras se pierde tras la alambrada, tras esa herida honda que lacera estas tierras. Se detiene durante un instante y me dice chapurreado en un frágil español: “Mañana temprano… otra vez”.

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