viernes, 18 de abril de 2014

ARACATACA: Viaje al lugar donde nació Macondo


ABC recorre Aracataca, pueblo donde nació Gabo y que inspiró el lugar donde se desarrolla «Cien años de soledad»




No puede ser creíble que en Aracataca no se consiga un sólo ejemplar en español de «Cien Años de Soledad». «Lo tengo traducido al chino», me diría hace poco Ancizar Vergara, el director de la biblioteca municipal Remedios la Bella, la única biblioteca que hay en Macondo, o Aracataca, como en realidad se llama este pueblo en el que nació Gabriel García Márquez, premiado con el Nobel de Literatura en 1982 por una obra en la que, justamente, brilla «Cien años de Soledad». [Pincha aquí para ver las fotos de la aldea natal de Gabo]

Vivir en el olvido

Tampoco es creíble que el 16% de los 40.000 habitantes de Aracataca sean analfabetos, que la mayoría de los niños no sepan quién es García Márquez y que a sus fotos, colgadas por ahí cuando hay ferias culturales, les pinten bigotes largos, revolucionarios y risibles como los de Emiliano Zapata. Un monigote.
Un vetusto aviso perdido entre el follaje de un árbol al borde de una carretera anuncia que Aracataca existe. Qué fácil es pasarse este pueblo, no llegar, no verlo. Aracataca vive en el olvido.
Por ejemplo. Tras doce contratos y más de 5,7 millones dólares invertidos, Aracataca aún no tiene agua potable. Tampoco hay vías pavimentadas, ni un hostal donde dormir, y mucho menos hospital. Hay memoria y se está muriendo: la casa de Gabo, la oficina del telegrafista, su padre, se está cayendo a pedazos.
A Macondo/Aracataca llegué porque tenía que llegar cuando ya se intuía que Gabo se podía morir pronto. Era paso obligado. «Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo», la describió él en «Cien años de Soledad».
Para esta corresponsal, Aracataca fue un bajarse a empellones de un bus que, por 7 dólares y dos horas de camino, me llevó desde Santa Marta, la capital de la provincia de Magdalena. Un calor de 40 grados, un joven en bici-taxi que me llevó al único hostal, el Gypsy Residence, cuyo propietario era Tim Aan’t Goor, un holandés de 31 años, quien tras leer «María Dos Prázeres», un cuento de Gabo, traducido al neerlandés, quedó intrigado con el pasaje en que ella le enseña a su perro a llevarle flores a su tumba. Tim dejó de ganarse la vida como bailarín de música disco y animador de centros nocturnos en Lanzarote, Islas Canarias, y llegó a Aracataca en 2010. Se bautizó Tim Buendía y creó un tour mágico que costaba 60 dólares con hospedaje incluido.

Uno que otro turista

En ese entonces llegaba uno que otro turista a Aracataca. A Tim esas visitas a cuentagotas lo tenían quebrado. Había invertido todos sus ahorros -veinte mil dólares que aún debe- en promocionar a Gabo y había días en que no tenía qué comer. «El gobierno me prometió un sinfín de veces que me iban a ayudar. Nunca lo hizo», me contó.
Tim ya se fue de Aracata. Se quebró, en efecto, y en febrero pasado se fue a los Estados Unidos. Ya no existe en Aracataca ese hostal que entre enero y julio de 2013 recibió a 200 turistas. Ahora sí que es cierto.
Sin embargo gracias a Tim, el holandés, yo, la colombiana, conocí la tierra de Gabo. Su casa, en la que vivió hasta los ocho años. «Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas», escribió en «Cien años de Soledad». El Ministerio de la Cultura le invirtió $350.000 dólares yla remodeló en 2010. Un baño ya no funciona y quienes la cuidan no reciben salario. «Venimos por pura tristeza con Gabo», me dijeron en ese entonces.

El papá de Gabo

Lo mismo pasa con la vieja oficina del telégrafo, el sitio de trabajo del papá de Gabo entre 1923 y 1926. Desde allí Gabriel Eligio le telegrafiaba mensajes de amor a Luisa Santiaga (la madre de Gabo), a quien enviaron lejos del pueblo para que olvidara al pretendiente. Aún están allí una vieja máquina de escribir, un clavijero, los sellos y una sumadora marca Victor. Además, cuadros y fotografías de Gabo y su familia.
«Ninguna entidad pública ni privada se ha interesado por mantener este lugar en mejores condiciones», me dijo en ese entonces Darlys Cáceres Herrera, una joven de 27 años que se encargaba de recibir a los visitantes de la Casa del Telegrafista sin que le pagaran un solo centavo. «Hace poco se robaron las camisetas, los llaveros y los vasos que vendía como recuerdos a los turistas para poder sostenerme. También intentaron robarse unos cuadros pero los dejaron en el patio», me dijo. ¿Se habrán robado objetos cuyo valor cultural es incalculable, como la estatua de Santa Lucía, lo único que se salvó del incendio que consumió la casa de los abuelos del Nobel en 1925? ¿Existirán aún los dos proyectores de Antonio Daconte, quien trajo el cine mudo al pueblo y fue personificado como Pietro Crespi en «Cien años de soledad»?
Supe qué era el Macondo, gracias a Tim quien me llevó a Camellón 20 de Julio de Aracataca, donde están los almendros de los que tanto habla Gabo en «El amor en los tiempos del cólera». «Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero solo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera qué significaba. Lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina», explicó Gabo en «Vivir para Contarla».
En el colegio donde Gabo aprendió a leer, Tim me mostró el siguiente escrito. «Por fortuna, Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere», escribió Gabo alguna vez. Macondo, en efecto, no se lleva por fuera sino por dentro. Y existe. Es Aracataca sin agua, sin vías, sin hospital, sin hotel, sin nada y, sin embargo, es tan inolvidable.

La cueva, el otro imperdiblede Gabo

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