lunes, 10 de marzo de 2014

Picasso "in love", un monstruo desnudo y enamorado

«La verdad sobre Jaqueline y Pablo Picasso» acaba con los tópicos del Picasso devorador de mujeres. Amó a Jaqueline Griot y se quiso casar con ella por la Iglesia. «Pablo era la delicadeza, la ternura», decía




Picasso, el macho. Picasso, el toro. Picasso, el monstruo. Picasso, el devorador de mujeres. Picasso, Picasso, Picasso, Picasso... Cien mil veces Picasso. Ni el hombre ni su nombre descansan porque la carne del mito no se pudre por muchos gusanos que hayan rondado a su alrededor. Y los gusanos, si tienen nombre de mujer, pueden alcanzar la categoría de víboras de lengua viperina. Pese a que suene raro con sus antecedentes, la vida del maestro —torero en la pintura y con el sexo contrario, como mandan los cánones de la seducción más carnal, donde la razón no tiene ni arte ni parte, un amante con todas las de la ley— acabó en manos de una mujer fatal: Françoise Gilot, «una flor pretenciosa», como la define la periodista de Paris Match Pepita Dupont, autora del libro «La verdad sobre Jacqueline y Pablo Picasso» (Editorial Elba), de reciente publicación y que aniquila de un plumazo los renglones retorcidos y envenenadamente femeninos de la citada Françoise en el ajuste de cuentas que significó su libro «Vida con Picasso». Françoise nunca acepto que el genio se olvidara de ella, que dejara de ser la musa de sus lienzos cuando entra Jacqueline Roque en escena para llevarse todos los corazones en la baraja del pintor .
Picasso fue un toro, Picasso fue un devorador de mujeres. ¿Qué tiene de malo todo esto? Nada. Tampoco fue un monstruo. Ni un Enrique VIII que decapita con torpe tajo cuando su estado sentimental se cansa de un capricho para saltar a otro capricho. ¡Que le corten la cabeza!, cual un rey de corazones en una historia cruel y gore hasta las entrañas chorreando sangre de su sangre. Ni un barba azul, comparación de la que Picasso se reía sin el mayor atisbo de cinismo ni de prepotencia masculina —«era todo un señor, nunca hizo comentarios sobre las mujeres que pasaron por su vida»señala Pepita Dupont— , porque nunca se tomó en serio las punzadas envidiosas de las damas despechadas que asedian a un hombre como él, de pelo en pecho y que se pasaba la mayor parte del día con unos calzoncillos como única vestimenta. El emperador, de la pintura y de sus castillos, como el de Vauvernargues que compró para huir de la multitud que le asediaba y vivir su amor con Jacqueline de puertas adentro, iba casi desnudo y se paseaba desnudo delante de todos, a sus muchas fotos de tal guisa nos podemos remitir. Orgulloso de su orgullo de macho y de genial genio.

Barniz de uñas

El conquistador nato no tiene remilgos en seducir de la cabeza a los pies. Los ojos de Picasso tampoco tienen desperdicio. De la mirada penetrante a los pinceles que chuparon la sangre y secaron las entrañas de todas estas musas a quienes retrató del derecho y del revés—-nunca venga mejor dicho este símil cubista—, y puso del derecho y del revés, en otro símil cubista-amoroso-seductor pero de esquinas y ángulos más afinados, cortantes y suicidas. La historia de amor eterno con Jacqueline, el Picasso «in love» que relata este libro, tiene su punto y final no el día que muere él (1973) sino el que se suicida ella, en 1986. Trece años después, mucho tiempo en soledad para quien llevaba su nombre tatuado en el alma con esta declaración: «¿Cómo podía sentirme celosa de su pasado? Pablo era la delicadeza, la ternura, la generosidad mismas». Ella tenía veintisiete años cuando se conocen y él, setenta y dos. «Nos llevábamos cuarenta y cinco. Pablo me cortejó. Yo me resistía. Conocía su reputación con las mujeres. Sabía que iba a escandalizar a mi familia, también que volvía a tomar el hábito. Le dije que sí, pero no sin Cathy, mi hija. Pablo que me contestó que ella sería su hija de leche». ¿Alguien imagina al monstruo Picasso con estas palabras en la boca?
En la vida del artista, y ante sus calzoncillos, con la mala sombra de mujer fatal solo hay una, la ya citada y maldecida Françoise, la madre de sus ingratos vástagos, Claude y Paloma, otras dos espinas clavadas en el ángulo recto del amor paterno. Ella se los arrebata a él y Cocteau, en un papel de juez de familia más real que surrealista, llega a decir que«no podía soportar no tener a Paloma y Claude junto a él». Los hijos de Picasso son otro capítulo en el que se encienden las alarmas del drama griego o el psicoanálisis con complejos de toda clase y retorcida condición. En palabras de Pepita Dupont, así se resume el culebrón amoroso de Picasso y sus medias naranjas que acabaron en limones de una acidez dolorosa: «Fernande Olivier, fue la despreocupada Eva Gouel, la dulce; Olga, la melancólica; Marie Therese Walker, la adormecida; Dora Maar, la adorada; Geneviéve Laporte, la enamorada;Françoise Gilot, la flor pretenciosa; y Jacqueline, la esposa del pintor». «Jacqueline fue la mujer que mejor entendió a Pablo -prosigue-. Era ella, era él. Ambos se querían con locura. Y, lamentablemente, como decía Jacqueline, a la gente no le gusta la gente que se quiere». Tiene razón, la envidia es mala y Françoise, la penúltima en discordia, acabó envenenada en su propio veneno.
El toro, el Barba Azul, amó y fue amado, como mandan los cánones más convencionales, inclusive de los culebrones: con unos toques de ingenuidad, de infantilismo, pasión, de ridículo o de no importarle rozar el patetismo, de un hombre que pide el matrimonio y es rechazado, e insiste hasta la consumación del civil sacramento. Civil, porque «él quería casarse por la iglesia pero Jacqueline no quiso anular su primer matrimonio porque tenía una hija, Cathy. Pablo hizo muchos retratos de Jacqueline como novia, que firmó con el barniz de uñas de ella: para mi amada Jacqueline». Picasso in love, sin más ni menos endulcoramiento.
http://www.abc.es/estilo/gente/
LAURA REVUELTAABC_ES / MADRID



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