domingo, 25 de agosto de 2013

¿Quién es latino?

La complejidad de razas, nacionalidades y opiniones dentro de la comunidad de origen hispano de Estados Unidos desborda el término utilizado para definirla



(Alejandra Tejada, estadounidense nacida en Bolivia, durante una manifestación ante el Capitolio el 10 de abril. / JACQUELYN MARTIN (AP))


“¡Cállate, mexicano estúpido!”.
Las palabras salieron escupidas de los labios de un chico pálido y pecoso que me estaba provocando en el patio de la primaria.
Quisiera recordar qué dije para inspirar el insulto. Pero más de tres décadas después, solamente recuerdo mi respuesta. “Estúpido peruano”, aclaré, apuntándole con el dedo.
Mi familia había emigrado de Lima al norte de California unos años antes, por lo tanto mi nacionalidad era un hecho, mientras mi estupidez era una cuestión de opinión. La respuesta confundió tanto a mi compañero que mi primer encuentro con el prejuicio terminó tan rápido como había comenzado. El recreo continuó.
Hoy en día, mi obsesión de niño de preescolar por la nacionalidad parece un poco anticuada. Peruano o mexicano ¿acaso importa? Hoy en día todos somos latinos.
Y que no nos llamen estúpidos. Los latinos se han vuelto emocionantes, deseados. En la elección presidencial de 2012, el voto hispano ayudó a impulsar a Obama (con el 71% de los votos hispanos) por encima de Mitt Romney (con el 27%). Cuando los políticos usan su linaje hispano para ganarse una precandidatura presidencial o un puesto dando el discurso principal en una convención del partido, cuando un Congreso estancado intenta pasar una reforma migratoria porque los demócratas no nos quieren perder y los republicanos nos quieren seducir, y cuando Univisión le gana a NBC en las audiencias de prime time, se sabe que los 51 millones de latinos de Estados Unidos son oficialmente atractivos,clickeables, imposibles de ignorar. Y si alguien escribe una disertación argumentando que somos más tontos que los estadounidenses blancos, perderá su trabajo. Incluso en la conservadora fundación Heritage. No se puede hacer.
La atención es agradable, lo admito. Nuestra extracción inmigrante o descendiente de inmigrantes ya no es considerada una carga. En el maravilloso reduccionismo de la política norteamericana, es una gran historia.
Pero es una historia con un giro impredecible en la trama: no está claro qué quiere decir realmente ser latino (o hispano), y la mayor parte de los hispanos ni siquiera se identifican con el término.
¿Es ser latino una cuestión de geografía, tan simple como decir de dónde viene uno o sus antepasados? ¿Es el idioma que habla o cómo lo hace de bien? ¿Es alguna cultura común? ¿O es simplemente ser de tez vagamente morena y un apellido que termina en las letras a, o, o z? Los políticos montan operaciones para llegar a los latinos, las empresas lanzan campañas de mercadeo para atraer a los “súperconsumidores” hispanos, y aún así, dependiendo a quien se le pregunte —políticos, académicos, periodistas, activistas, investigadores o encuestadores— uno encuentra definiciones e interpretaciones contradictorias.
Si todas las identidades étnicas son creadas, imaginadas o negociadas hasta cierto grado, los hispanos americanos son un ejemplo poderoso. Como parte de un esfuerzo en los setenta para medir mejor quién estaba usando los servicios sociales, el Gobierno federal de EE UU estableció la palabra “hispano” para marcar a cualquier persona con ancestros en España o América Latina, y exigió que se recogieran datos sobre ese grupo. “El término es un invento estadounidense”, explica Mark Hugo López, director asociado del Pew Hispanic Center. “Si uno va a El Salvador o la República Dominicana, no oye necesariamente a la gente decir que son hispanos o latinos”.
Y puede que tampoco lo oiga mucho es Estados Unidos. Según una encuesta de Pew en 2012, solamente una cuarta parte de los adultos hispanos se identifican más frecuentemente como hispanos o latinos. Más o menos la mitad dice que prefieren decir el país de origen de su familia, y una quinta parte dice que son estadounidenses. Entre los latinos de tercera generación, casi la mitad se identifican como estadounidenses.
La Oficina de Administración y Presupuesto define a un hispano como “una persona de origen cubano, mexicano, puertorriqueño, sur o centroamericano, o de otra cultura española, sin importar la raza”, más o menos igual de específico que llamar a alguien europeo.
“No hay coherencia en el término”, dice Marta Tienda, socióloga y directora del Centro de Estudios Latinos de la universidad de Princeton. Por ejemplo, aunque oficialmente se supone que debe tener connotaciones de etnicidad y nacionalidad en vez de raza —después de todo, los hispanos pueden ser negros, blancos, o de cualquier otra raza— el término “se ha vuelto una categoría racializada en Estados Unidos”, según Tienda. “Los latinos se han vuelto una raza por omisión, simplemente por el uso de la categoría”.
Entonces ser hispano puede ser cuestión de origen, o puede ser un asunto de raza, o puede tener una combinación que los hispanos pueden definir por sí mismos, si usan el término, aunque la mayoría no lo hace.
¿O se trata de una cultura pan-latina?
Janet Murguia, presidente del Consejo Nacional de La Raza, enumeró los elementos básicos: “Culturalmente estamos unidos por el idioma, un amor compartido por el español, aunque aprendemos inglés”, me dijo. “Una fe fuerte, familias fuertes, un fuerte sentido de comunidad. Esos son los valores que tenemos en común”.
Sergio Bendixen, un consultor de estrategia en política y medios hispanos con base en Miami, está de acuerdo con que existe una cultura hispana, pero la define de manera muy diferente. “No es realmente un idioma o la Iglesia Católica, o que vengamos de un país u otro”, dijo. Es una cultura que “le da una importancia tremenda a las relaciones humanas y a celebrar la vida; que da libertad de mostrar las emociones, en vez de reprimirlas. Eso realmente es lo que une a todos los hispanos”.
Si hay algo que une a todos los hispanos es que no creen que comparten una cultura común. El Pew Hispanic Center encontró que casi 7 de cada 10 hispanos dicen que vienen de “muchas culturas diferentes” y no de una sola. “Pero cuando periodistas, investigadores y el Gobierno federal hablan sobre latinos”, dice López, “están hablando de un solo grupo”.
La ausencia de una cultura unificadora tiene aún más sentido a medida que la comunidad evoluciona y se expande. Los días en que los hispanos podían ser clasificados sobre todo como trabajadores migrantes mexicano-americanos en el suroeste, puertorriqueños en Nueva York, y cubano-americanos en el sur de Florida, están desapareciendo. Los salvadoreños están alcanzando a los cubanos como el tercer grupo latino más grande en el país, por ejemplo. Y adivine cuáles son los cuatro Estados donde la población hispana ha crecido más rápido en la última década: Carolina del Sur, Kentucky, Arkansas y Minnesota.
Incluso el idioma español está perdiendo su poder como un marcador cultural para esta comunidad. Casi 80% de los hispanos en Estados Unidos dicen que leen o escriben español “muy bien” o “bastante bien”, según Pew, pero solamente el 38% dice que es su idioma primario, mientras otro 38% dice que es bilingüe, y el 24% dice que el inglés es su idioma dominante. Cuando llega la tercera generación, casi 7 de cada 10 latinos dicen que su idioma dominante es el inglés. No es sorprendente que la batalla más grande entre las compañías de medios hispanas es por el mercado latino angloparlante.
¿Es hablar español con fluidez una precondición para la latinidad plena? Si lo es, algunos como el gobernador republicano de Nevada Brian Sandoval y el alcalde demócrata de San Antonio, Julián Castro, no serían parte del club.
Yo, personalmente, no los sacaría de la lista.
Si ni el idioma, ni la raza, ni una cultura en común son suficientes para definir o unirnos, tal vez la política pueda ayudar.
El mes pasado, el ex gobernador de Nuevo México Bill Richardson demostró tener una versión estricta de la identidad política latina, pues le sugirió a ABC Noticias que el Senador Ted Cruz, un cubano-americano republicano conservador de Texas no debería ser “definido como hispano” porque no apoya la reforma migratoria. Al poco tiempo, Richardson le dijo a Fox News que era un malentendido: “Lo que quería decir es que yo no me considero solamente hispano, y él tampoco debería ser identificado solo como hispano. Somos otras cosas”.
Sí, la idea de una prueba que decida de manera contundente la identidad latina parece muy extraña. Pero las palabras de Richardson dejan claro que, en el mundo político, esa identidad ha evolucionado de una amplia categoría étnica y cultural a suponer cierta sensibilidad liberal.
Para los republicanos, el reto parece simple. En marzo, el presidente del Comité Nacional Republicano, Reince Priebus, en una lista de los problemas del partido después de las elecciones, resaltó la necesidad de promover a los líderes latinos en el partido, desarrollar buenas relaciones con los medios latinos y crear un mensaje sobre el tema de la inmigración que tome en cuenta la “singular perspectiva de la comunidad hispana”. El senador Lindsey Graham, de Carolina del Sur, ha descrito la situación del partido de manera más brusca: “Como partido, estamos en caída libre demográfica”, dijo en el programa de televisión Meet the Press la semana pasada, “y la única manera en que podemos recuperar nuestra imagen en la comunidad hispana, creo, es aprobando una reforma migratoria completa”.
Arreglar la inmigración y ganarse el amor de los hispanos. Así de simple, ¿no?
“El gran problema del partido republicano con los hispanos no es inmigración”, dice Bendixen. “El problema es que los votantes hispanos están más a la izquierda que ningún otro grupo. Creen que el Gobierno debe jugar un fuerte papel en la economía y esencialmente en todos los aspectos de la vida, como seguro médico nacional, servicios sociales y creación de empleo”.
En una encuesta de 2011, Pew concluyó que la reforma migratoria no era el tema principal para los votantes latinos. Cuando les preguntaron a los entrevistados qué temas les parecían “extremadamente importantes”, los latinos escogieron educación, economía, el sistema de salud e incluso el déficit del presupuesto por encima de la inmigración. No tan distintos al resto de Estados Unidos.
Hace casi una década, el politólogo de Harvard Samuel Huntington escribió un mordaz ensayo de 6.000 palabras en la revista Foreign Policy argumentando que los inmigrantes latinos ponían en peligro la integridad cultural y política de Estados Unidos. Titulado El Reto Hispano, el artículo inspiró incontables respuestas en los medios nacionales e internacionales, acusaciones de racismo y muchas críticas de los think tanks de Washington. Casi una década más tarde, todavía lo atacan en debates sobre inmigración.
Confieso: yo ayudé a que ese artículo existiera. Como editor de Foreign Policy en esa época, yo trabajé con Huntington durante varias semanas preparando el ensayo para publicarlo. En las muchas conversaciones que tuvimos por teléfono y email, nunca me preguntó si el artículo me ofendía, y yo nunca le pregunté si le incomodaba que un tipo llamado Carlos estuviera editando su escrito.
En retrospectiva, me pregunto por qué no me sentí más ofendido por sus argumentos. Parte de eso es el trabajo de editor; a través de los años probablemente he trabajado con cientos de ensayos con los que no estoy de acuerdo. Pero tal vez yo no sentía realmente que Huntington estuviera escribiendo sobre mí. Yo no me identificaba con esa etiqueta.
Claro, yo siempre selecciono la opción de “origen hispano” en formularios oficiales —hacerlo me parece menos equivocado que no hacerlo— pero otros aspectos de mi identidad, así sea mi lugar de nacimiento, mi religión, mi alma máter, mi profesión, o mi papel de padre, esposo, hijo o hermano han sido más importantes para mí en otros momentos. Una identidad pan-latina es demasiado amplia para que se sienta esencial. Yo leo novelistas latinoamericanos y les hablo a mis hijos en español, pero como diría Richardson, también soy muchas otras cosas.
Además, hay otras personas que se dedican a la política identitaria por mí. Soy hispano cuando los formularios del censo y los certificados de nacimiento de mis hijos me hacen escoger. Soy hispano cuando llega correo de propaganda a mi casa proclamando “special offers” para mi esposa irlandesa-americana, y “ofertas especiales” para mí. Soy hispano cuando los testigos de Jehová vienen a llamar a la puerta de mi casa con un discurso de salvación preparado en español. Soy hispano en Estados Unidos porque gente a la que no conozco ha decidido que eso es lo que soy.
Hay un momento, sin embargo, en el cual asumir la etiqueta de latino se siente correcto, hasta urgente. Cuando los debates políticos sobre la inmigración se ponen feos, cuando hablan de auto-deportación y leyes que permiten usar el perfil racial para hacer detenciones, cuando hablan de bebés anclas, las distinciones y sutilezas parecen disiparse.
“Cuando uno de nosotros está siendo atacado, nos identificamos, nos juntamos”, dice Murguia. “Cuando uno de nosotros es señalado por su acento, su color de piel, nuestro pueblo se une por la justicia. La gente dice ‘ese podría ser yo”.
Por eso es que el sentimiento anti-latino que ha aparecido en algunos rincones de la política estadounidense es contraproducente. Crea unidad entre la gente a la que está dirigida, que de otra manera no se verían como parte del mismo grupo. Refuerza, incluso crea, la identidad que está tratando de debilitar.
“El significado de la hispanidad no es identificable por cultura o idioma, si no por experiencias de inclusión o exclusión, por oportunidades de educación, según si pueden llegar a vivir el sueño americano” explica Tienda, de Princeton. “¿Son una clase aparte, o van a ser parte de todas las clases?”.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Washington Post
Traducción: Laura Jaramillo - 

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